Disciplina en el Aula.
La disciplina escolar, la podemos entender asociada a una serie de elementos, todos educativos:
1. aprendizaje de reglas, valores y principios éticos que constituyen una determinada filosofía educativa;
2. consecución de un determinado orden y control externo en el aula;
3. proceso de desarrollo del autocontrol, la responsabilidad y la capacidad de tomar decisiones libremente;
4. prevención y corrección de comportamientos disruptivos en la clase
5. desarrollo de hábitos escolares tales como puntualidad, respeto a los demás, limpieza, uso adecuado del material escolar;
6. desarrollo de hábitos sociales de participación y cooperación en el marco del respeto mutuo, de la solidaridad y la reciprocidad;
7. desarrollo de hábitos de trabajo y estudio.
Podemos observar que si aceptamos esta forma de definir disciplina escolar, estamos pensando ésta, por un lado, como un medio que nos permite llevar a cabo los objetivos escolares, y por otro, como un espacio en si mismo que nos permite educar en la convivencia armoniosa, el desarrollo moral de los alumnos, y en especial, en ciudadanía, ya que el tipo de disciplina que se desarrolle en el aula educará a nuestros estudiantes en un tipo de relación con las reglas sociales y con la autoridad.
El clima y convivencia, en enseñanza media han demostrado lo prioritario de abordar esta temática, donde los jóvenes aparecen sistemáticamente, y sin importar el nivel de curso donde se encuentren, con una valoración crítica del tipo y cantidad de normas y de la forma como se aplican las sanciones en el liceo; esto nos hace pensar que el punto crítico en el ámbito de las normas, no pasa por lo que dicen o dejan de decir los reglamentos internos o manuales de convivencia, sino por los intentos que hacen los docentes para mantener un mínimo de disciplina que les permita “hacer las clases”, echando mano para ello de los recursos de que disponen, los cuales son heterogéneos entre los profesores, muchas veces se aplican de manera particular (no procesada colectivamente) y, no siempre dicen relación con lo escrito en los reglamentos.
Las situaciones escolares tienen en común que en ninguna ocasión los jóvenes fueron invitados a participar en la construcción de la normativa de la sala. Así, los mecanismos usados de producción de normas incluyen fundamentalmente informar de manera unilateral las normas, ya sea a través del reglamento que se entrega a los apoderados al momento de la matrícula; mediante indicaciones a posteriori de que los estudiantes vulneraron las normas; o través de lenguaje no verbal, en donde los alumnos deben adivinar que es lo que se espera de ellos.
Nos preguntamos qué tan útiles resultan estos mecanismos para el desarrollo de la organización y la convivencia en la comunidad educativa. Sin duda permite a los adultos el definir las normas y asegurarse que existan las regulaciones necesarias para que se lleve a cabo el proceso de enseñaza-aprendizaje.
Cuando se opta por centrar la producción de normas solo en el docente es posible vislumbrar algunos supuestos operando al respecto. Emerge por un lado el docente, la autoridad concepto que viene de auctor (latín) que significa “el que hace crecer”- con claridad para decidir, es decir, seleccionar entre alternativas, de forma unilateral las normas más adecuadas, y por otro un joven estudiante incapaz de autocontrol, que produce por ende un miedo constante a su desborde.
Nos preguntamos ¿hay otras alternativas, hay otro conjunto de mecanismos que permitan lograr los objetivos educativos? Consideramos esta pregunta clave, porque los mecanismos encontrados en el proceso de investigación favorecen el surgimiento de normas con poca legitimidad para los jóvenes, en la medida que al ser unilateralmente definidos colocan al joven en posición de objeto espectador en relación a la regulación de las relaciones en el aula. Podemos pensar en la imagen del televidente asistiendo a un programa donde observa de forma pasiva como se constituye en audiencia objeto de la publicidad, eso sí con un componente ausente, la apelación al deseo del televidente.
Cuando se decide imponer las normas a los jóvenes en el aula, se está optando por dejar fuera la comunicación efectiva, así, si bien es cierto se configura una organización, ésta es de carácter frágil, ya que no cuenta con la legitimidad que se produce en el encuentro o el acuerdo al respecto. La necesidad que surge es fundar la relación de enseñanza aprendizaje en un vínculo que favorezca la legitimidad, el encuentro y diálogo entre los/as interactuantes, así la necesidad de negociar las normas con los alumnos no es solo un problema organizativo que requiere mecanismos de inducción a la organización, sino que es un problema educativo relevante, referido a la relación misma.
Los antecedentes antes expuestos ponen la discusión de la generación de normativas en el punto que a nuestro parecer es central: la participación. Sin embargo, cabe preguntarse ¿es posible poner la participación como el único mecanismo para abordar la disciplina escolar? Para responder a esto debemos asumir que hay dos tipos de situaciones disciplinarias: establecidas y emergentes. Las primeras discurren de un modo previsto; por ende, también, pueden preveerse los comportamientos, es decir, hablamos de planificar situaciones educativas para que los estudiantes aprendan a tener una relación cívica con las normas y la autoridad desde una perspectiva democrática. Las situaciones emergentes, en cambio, surgen de manera imprevista, y por ello no pueden aventurarse soluciones necesariamente a priori. Proponemos que en este tipo de situaciones la perspectiva más adecuada sería el intentar resolver, desde el rol docente, de una forma no violenta el conflicto que ha emergido; no dejando de lado la posibilidad de establecer castigos, los que se justifican desde la siguientes condiciones: que el/la estudiante sea consciente de que se ha portado mal y entienda las razones por las que su conducta constituye una falta, de lo contrario se sentirá inocente y no comprenderá que se le castigue; dada esta primera condición, hacerle ver que el castigo es necesario y justo (porque además los castigos han sido definidos democráticamente por la comunidad educativa). Si el alumno cree que se le trata con injusticia, reaccionará con ira, resentimiento y agresividad, y, por despecho, reincidirá en la misma mala conducta con mayor intensidad; finalmente, es necesario aplicar un castigo adecuado a la gravedad de la falta.
En conclusión, es necesario abordar lo disciplinar de forma planificada y como comunidad educativa; por supuesto esto requerirá una inversión de tiempo importante, pero a la vez favorecerá un adecuado desarrollo de las actividades escolares.
La disciplina escolar, la podemos entender asociada a una serie de elementos, todos educativos:
1. aprendizaje de reglas, valores y principios éticos que constituyen una determinada filosofía educativa;
2. consecución de un determinado orden y control externo en el aula;
3. proceso de desarrollo del autocontrol, la responsabilidad y la capacidad de tomar decisiones libremente;
4. prevención y corrección de comportamientos disruptivos en la clase
5. desarrollo de hábitos escolares tales como puntualidad, respeto a los demás, limpieza, uso adecuado del material escolar;
6. desarrollo de hábitos sociales de participación y cooperación en el marco del respeto mutuo, de la solidaridad y la reciprocidad;
7. desarrollo de hábitos de trabajo y estudio.
Podemos observar que si aceptamos esta forma de definir disciplina escolar, estamos pensando ésta, por un lado, como un medio que nos permite llevar a cabo los objetivos escolares, y por otro, como un espacio en si mismo que nos permite educar en la convivencia armoniosa, el desarrollo moral de los alumnos, y en especial, en ciudadanía, ya que el tipo de disciplina que se desarrolle en el aula educará a nuestros estudiantes en un tipo de relación con las reglas sociales y con la autoridad.
El clima y convivencia, en enseñanza media han demostrado lo prioritario de abordar esta temática, donde los jóvenes aparecen sistemáticamente, y sin importar el nivel de curso donde se encuentren, con una valoración crítica del tipo y cantidad de normas y de la forma como se aplican las sanciones en el liceo; esto nos hace pensar que el punto crítico en el ámbito de las normas, no pasa por lo que dicen o dejan de decir los reglamentos internos o manuales de convivencia, sino por los intentos que hacen los docentes para mantener un mínimo de disciplina que les permita “hacer las clases”, echando mano para ello de los recursos de que disponen, los cuales son heterogéneos entre los profesores, muchas veces se aplican de manera particular (no procesada colectivamente) y, no siempre dicen relación con lo escrito en los reglamentos.
Las situaciones escolares tienen en común que en ninguna ocasión los jóvenes fueron invitados a participar en la construcción de la normativa de la sala. Así, los mecanismos usados de producción de normas incluyen fundamentalmente informar de manera unilateral las normas, ya sea a través del reglamento que se entrega a los apoderados al momento de la matrícula; mediante indicaciones a posteriori de que los estudiantes vulneraron las normas; o través de lenguaje no verbal, en donde los alumnos deben adivinar que es lo que se espera de ellos.
Nos preguntamos qué tan útiles resultan estos mecanismos para el desarrollo de la organización y la convivencia en la comunidad educativa. Sin duda permite a los adultos el definir las normas y asegurarse que existan las regulaciones necesarias para que se lleve a cabo el proceso de enseñaza-aprendizaje.
Cuando se opta por centrar la producción de normas solo en el docente es posible vislumbrar algunos supuestos operando al respecto. Emerge por un lado el docente, la autoridad concepto que viene de auctor (latín) que significa “el que hace crecer”- con claridad para decidir, es decir, seleccionar entre alternativas, de forma unilateral las normas más adecuadas, y por otro un joven estudiante incapaz de autocontrol, que produce por ende un miedo constante a su desborde.
Nos preguntamos ¿hay otras alternativas, hay otro conjunto de mecanismos que permitan lograr los objetivos educativos? Consideramos esta pregunta clave, porque los mecanismos encontrados en el proceso de investigación favorecen el surgimiento de normas con poca legitimidad para los jóvenes, en la medida que al ser unilateralmente definidos colocan al joven en posición de objeto espectador en relación a la regulación de las relaciones en el aula. Podemos pensar en la imagen del televidente asistiendo a un programa donde observa de forma pasiva como se constituye en audiencia objeto de la publicidad, eso sí con un componente ausente, la apelación al deseo del televidente.
Cuando se decide imponer las normas a los jóvenes en el aula, se está optando por dejar fuera la comunicación efectiva, así, si bien es cierto se configura una organización, ésta es de carácter frágil, ya que no cuenta con la legitimidad que se produce en el encuentro o el acuerdo al respecto. La necesidad que surge es fundar la relación de enseñanza aprendizaje en un vínculo que favorezca la legitimidad, el encuentro y diálogo entre los/as interactuantes, así la necesidad de negociar las normas con los alumnos no es solo un problema organizativo que requiere mecanismos de inducción a la organización, sino que es un problema educativo relevante, referido a la relación misma.
Los antecedentes antes expuestos ponen la discusión de la generación de normativas en el punto que a nuestro parecer es central: la participación. Sin embargo, cabe preguntarse ¿es posible poner la participación como el único mecanismo para abordar la disciplina escolar? Para responder a esto debemos asumir que hay dos tipos de situaciones disciplinarias: establecidas y emergentes. Las primeras discurren de un modo previsto; por ende, también, pueden preveerse los comportamientos, es decir, hablamos de planificar situaciones educativas para que los estudiantes aprendan a tener una relación cívica con las normas y la autoridad desde una perspectiva democrática. Las situaciones emergentes, en cambio, surgen de manera imprevista, y por ello no pueden aventurarse soluciones necesariamente a priori. Proponemos que en este tipo de situaciones la perspectiva más adecuada sería el intentar resolver, desde el rol docente, de una forma no violenta el conflicto que ha emergido; no dejando de lado la posibilidad de establecer castigos, los que se justifican desde la siguientes condiciones: que el/la estudiante sea consciente de que se ha portado mal y entienda las razones por las que su conducta constituye una falta, de lo contrario se sentirá inocente y no comprenderá que se le castigue; dada esta primera condición, hacerle ver que el castigo es necesario y justo (porque además los castigos han sido definidos democráticamente por la comunidad educativa). Si el alumno cree que se le trata con injusticia, reaccionará con ira, resentimiento y agresividad, y, por despecho, reincidirá en la misma mala conducta con mayor intensidad; finalmente, es necesario aplicar un castigo adecuado a la gravedad de la falta.
En conclusión, es necesario abordar lo disciplinar de forma planificada y como comunidad educativa; por supuesto esto requerirá una inversión de tiempo importante, pero a la vez favorecerá un adecuado desarrollo de las actividades escolares.
1 comentario:
Estimado Patrik:
CLARIDAD DE EXPRESIÓN: Buena redacción y ortografía. Manejas fuentes de información
COMPRUEBA LO QUE PIENSA ARGUMENTANDO SÓLIDAMENTE LO QUE DICE: Comentario argumentado de manera precisa.
LOGRA PERSUADIR AL LECTOR: Hay fluidez al expresar lo que crees, aún falta organizar más tus ideas para lograr convencimiento en lo que piensas, no logras persuadir a los lectores.
CALIDAD DE LA REFLEXIÓN: Realizas críticas, con sus posibles soluciones, pero, dedica más tiempo a buscarlas, aún falta aumentar el grado de profundización del tema expuesto.
COMPROMISO CON LA AUDIENCIA: Escrito correctamente en primera persona, mejora el compromiso con los potenciales lectores de la red.
Tu nota es un 87
ATTE:
LA PROFESORA
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